La Reserva Federal de los Estados Unidos decidió la semana pasada no subir aún las tasas de interés.
Parece una decisión sensata, ya que los indicadores del mercado laboral son algo débiles, la inflación todavía está por debajo de la meta de la Fed de 2%, y el Brexit y la desaceleración china son evidentes riesgos macroeconómicos.
¿Por qué subir las tasas cuando las condiciones económicas no parecen muy satisfactorias?
Se han dado muchos motivos por los cuales las tasas de interés de cero son preocupantes.
En un primer momento, el temor era la inflación, más tarde la inestabilidad financiera y las burbujas producto de la búsqueda de rendimiento.
Pero los años pasaron y no hubo inflación, burbujas ni inestabilidad en los mercados financieros. Es por eso que la gente encuentra nuevos motivos para temerles a las tasas bajas.
Lamentablemente, como los temores no se han concretado, las nuevas preocupaciones se hacen muy vagas.
Un buen ejemplo es una reciente columna de Steven Pearlstein en el Washington Post que se hace eco de las críticas de muchos otros escépticos respecto de las tasas bajas.
Pearlstein, al declarar que la Fed no sube las tasas con la rapidez suficiente, ofrece el siguiente argumento, la razón se explica mejor por analogía: el estímulo monetario ha cumplido hace ya mucho con su propósito keynesiano de estabilizar a un paciente muy enfermo y ponerlo en la senda de la recuperación.
Pero a esta altura su magnitud y duración ya han sido excesivas, lo que ha impedido que se concreten todos los procesos de curación naturales de la economía.
“Administrar más medicamentos es nocivo porque el paciente ya se ha hecho adicto. Es hora de empezar el proceso de retirada al tiempo que se toman otras medidas para reducir los dolorosos efectos colaterales.”
Pearlstein recurrre a su analogía médica varias veces a lo largo del artículo, pero en mi opinión su idea de la “adicción” no tiene muchos fundamentos en la literatura económica. Ninguna teoría económica sostiene que las empresas se habitúan a las tasas bajas. Ningún estudio empírico que conozca revela efectos de ese tipo. Si se trata de un fenómeno real, Pearlstein lo ha descubierto mucho antes que la comunidad económica.
Lo más cercano que se me ocurre es la investigación que demuestra que las primeras experiencias de la vida de la gente afectan sus expectativas: por ejemplo, que la gente que nace en un período de elevada inflación tiende a esperar que la inflación sea más alta de lo que en realidad es. Por analogía, si mantenemos las tasas en cero durante una generación –como lo ha hecho Japón-, podría haber empresarios que se asombren cuando las tasas por fin suben.
Es algo similar a lo que postula Pearlstein, pero siento que en realidad me excedo en la búsqueda de estudios que respalden su analogía.
Otros temores de Pearlstein parecen igualmente vagos. Señala que las tasas bajas han “distorsionado el precios de los activos financieros en relación al precio de todo lo demás”. Soy escéptico al respecto. Las tasas bajas elevan el valor fundamental de los activos financieros al bajar las tasas de descuento, lo cual es muy natural y en absoluto una distorsión. Pero incluso si Pearlstein está en lo cierto y los precios están distorsionados, ¿debería preocuparnos? Las acciones y los bonos no son bienes de consumo; no los necesitamos para vivir.
La única razón por la que deberíamos preocuparnos si su precio sube es que de pronto puedan derrumbarse, y por ahora, a pesar de años de advertencias sobre burbujas generadas por la Fed, no se ha materializado derrumbe alguno. Eso también es válido en relación con Japón, que ha tenido tasas cero durante un cuarto de siglo sin inestabilidad financiera. Por supuesto, nadie puede pronosticar con seguridad que mañana no habrá un derrumbe, pero hasta ahora nada indica que una política de tasas bajas incremente el riesgo.
¿Entonces por qué Pearlstein –como tantos otros miembros de la comunidad empresarial y los medios- se preocupan por las tasas bajas? Mi hipótesis es que la gente simplemente se siente incómoda con tasas de interés cero porque parece raro. Es la primera vez en la historia que hemos tenido tasas cero durante tanto tiempo. Un regreso a las tasas más altas parece un retorno a la normalidad. Pearlstein, como muchos otros, hasta usa la palabra “normal” al hacer referencia a tasas por encima de cero. Los funcionarios de la Fed también utilizan ese término con frecuencia.
Pero no está claro que la historia sea una buena guía respecto de qué políticas debamos considerar normales. El hecho de que las tasas estuvieran habitualmente por encima de cero en el pasado no significa que la política actual de la Fed sea extraordinaria.
La tarea de la Fed no es mantener las tasas de interés en un nivel promedio histórico, sino apoyar el pleno empleo al tiempo que mantiene la inflación en alrededor de 2%.
En momentos en que la inflación está algo por debajo de ese nivel y el desempleo es inferior al 5%, los objetivos de la política de la Fed parecen muy normales. ¿Por qué la Fed debería instrumentar una política arriesgada –y subir las tasas sin duda lo es- para tratar de reparar algo que no necesita reparación?
Tal vez sea hora de que aprendamos a vivir con tasas de interés bajas. Tal vez lo que ahora parezca raro empiece a parecer normal dentro de unos diez años.
Las tasas bajas podrían afectar nuestra economía de formas sutiles que en la actualidad es imposible detectar. La analogía de la “adicción” de Pearlstein podría ser correcta, pero no creo que debamos asumir que lo es y cambiar la política sobre la base de esa presunción.

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Notas Inversionista