Claudia Barrionuevo

Claudia Barrionuevo

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Lunes 18 Mayo, 2009


Animales de costumbres



Aunque Mafalda —o más bien su padre, Quino— afirmen que “de costumbre el hombre es un animal”, el verdadero refrán reza “el hombre es un animal de costumbres”. Como todos —o casi todos— los dichos que surgen de la sabiduría popular, este tiene mucho de verdad.
Quienes vivieron y sobrevivieron las dictaduras del Sur o del Centro de América han dado testimonio de cómo se fueron acostumbrando a vivir con miedo, bajo el toque de queda, sin garantías constitucionales.
A pesar de los pesares, los humanos nos adaptamos a las situaciones más difíciles y seguimos comiendo —cuando hay comida—, durmiendo —donde sea—, enamorándonos —casi toda la vida—, llorando y riendo —cada vez que lo necesitemos— y teniendo hijos que es —sin lugar a dudas— la mayor certeza de que estamos vivos, de que fuimos y seremos.
Este acostumbrarnos a tantas situaciones diversas nos hace poderosos: no somos una especie en extinción porque permanentemente estamos mutando, cambiando, evolucionando. Aunque no lo parezca. Generalmente no parece que estemos evolucionando a un estado superior.
También —lamentablemente— nuestra facilidad de adaptación se basa en una capacidad para insensibilizarnos de todo. El horror, el dolor, lo desagradable, lo repugnante, se instalan en nuestra cotidianidad.
Terminamos viendo las más horrorosas imágenes de los noticieros de televisión mientras almorzamos, sin que la digestión se nos altere. De hecho los periodistas se pelean por obtener la toma más sangrienta y espeluznante con tal de aumentar el rating.
Nos acostumbramos a nuestro propio dolor —físico o emocional—, a la infelicidad, a la frustración. Es cuestión de sobrevivir.
Me niego a sobrevivir. Odio la resignación. No pienso adaptarme a la costumbre de no besar ni abrazar a mis amigos o incluso conocidos. Nunca dejé de besar a seres queridos —queridísimos— que se contagiaron de sida. Acepto el “protocolo” del estornudo —con pañuelos desechables, no en el antebrazo que me parece horrible—, considero más que adecuado que mantengamos y ampliemos el lavado de manos. Pero cambiar las formas de saludarnos, no. No quiero ser un animal sin buenas costumbres.
Acostumbrarnos a una situación diferente a la cotidiana —aunque se transforme en nuestra realidad diaria— toma cierto tiempo. A veces más a veces menos.
En Costa Rica, poco a poco nos fuimos acostumbrando a la inseguridad, a la corrupción, a que los políticos hagan grandes negocios lícitos aunque inmorales, al narcotráfico y todas sus consecuencias. Así como nos acostumbramos a la lluvia —cada año más intensa-, a las inundaciones, a los temblores.
La semana pasada, en Guatemala, un respetable y prominente abogado fue asesinado en la calle. Al parecer, Rodrigo Rosenberg andaba en bicicleta sin guardaespaldas. Evidentemente —por el vídeo que enseguida trascendió— sabía que sería ejecutado más temprano que tarde. Se acostumbró a la idea de una muerte pronta, anunciada, advertida. Como tantos.
Ojalá en nuestro país no tengamos que aceptar nunca —como animales de costumbres que somos— que el asesinato político sea parte de nuestra cotidianidad.
Desgraciadamente me estoy acostumbrando a perder la esperanza casi en relación a todo.

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