Enviar
¡Alto! ¿Qué pasa?

German Retana
[email protected]


No importa si tenemos éxitos o fracasos; siempre hay que observar detenidamente las razones que nos conducen a unos u otros, de lo contrario, posiblemente, no sabremos cuál nos espera a la vuelta de la próxima esquina. Disciplinar la mente para observar es el paso necesario para descubrir el verdadero origen de las adversidades y los pilares de los triunfos.
Lo primero que debemos observar es la forma en que pensamos. La mayoría de nuestras acciones, conductas visibles y reacciones ocurren primero al nivel del pensamiento. Mentes complicadas producen pensamientos complicados que se convierten en comportamientos aún más complicados. Así, un equipo que desee crecer en éxitos, salir de momentos difíciles o modificar rumbos debe empezar por evaluar si su modo de observarse a sí mismo está siendo efectivo.
Según Albert Camus “la capacidad de atención del hombre es limitada y debe ser constantemente espoleada”. En esa forma llegaríamos a cuestionar, incluso, las preguntas que nos hacemos y el modo en que analizamos los hechos. Preguntas equivocadas llevan a respuestas erróneas.
A veces estamos tan preocupados en resolver, decidir, actuar, que no nos detenemos a revisar si estamos pensando positiva, negativa o inútilmente. Al cuestionar lo que pensamos podemos llegar a ser capaces de tener en nuestra mente, al mismo tiempo, dos ideas opuestas disputándose la razón.
Observar cómo observamos nos ayuda a ser más objetivos y realistas, a evitar el autoengaño, y a alcanzar más seguridad en las decisiones. A lo mejor nos equivocaremos, pero cometiendo errores nuevos y distintos a los mismos de siempre. Sin reflexión, meditación, silencio u observación nos condenamos a repetir los mismos fracasos o a volver improbables los mismos éxitos.
Los líderes de los equipos, sean deportivos o de empresas, requieren tener ratos de soledad para observar a su propio grupo y evaluar si sus miembros están siendo suficientemente analíticos y realistas.
El filósofo William Drummond, afirmaba que “el que no quiere razonar es un fanático; el que no sabe razonar es un necio; el que no se atreve a razonar es un esclavo” ¡Qué gran daño se le hace a un equipo cuando quien lo dirige es uno de esos tres!
En el deporte, cuando dos equipos de talento técnico similar se enfrentan, el más pensante llevará la ventaja, pues podrá incluso observar sus reacciones y las del rival, cuestionarse su propia actuación y modificarla, considerar el modo de pensar del adversario y ponerlo a jugar a su favor. Por supuesto, no se gana a pura razón, pero es más probable perder sin ella.
Los equipos ganadores, son capaces de decirse: “¡Alto! ¿Qué pasa? ¿Qué y cómo estamos pensando?” Ellos saben que solo mejorando el modo de pensar cambiarán el modo de actuar.
Ver comentarios