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Viernes 6 Marzo, 2015

Se requiere un tremendo accidente para lograr recolectar casi media tonelada de aletas de tiburón


¿Aleteando o alcahueteando? (O ambas)

A veces las sombras de mi propia ingenuidad me persiguen. Debo admitirles que a pesar de creer que vendrían mejores días en materia de protección al medio ambiente, la verdad es que el horizonte no pinta nada halagüeño. De hecho me atrevo a pronosticar nubes borrascosas con altas posibilidades de tormentas que terminarán calando fuerte en nuestras conciencias.
De antemano les pido las disculpas del caso por tanto negativismo, pero en vista de la aparente política gubernamental en contra de los tiburones que llegan precisamente a nuestras aguas buscando ese refugio de paz del que tanto nos jactamos, se me hace imposible exprimir una onza de optimismo. Es así como el día 2 de marzo de 2015, el gobierno nos anuncia el Decreto N°38027-MAG que pretende regular la pesca del tiburón a partir de una talla mínima, pero graciosamente determina un margen de tolerancia que permite capturar tiburones cuyo tamaño sea entre un 10% y un 30% inferior a esa talla mínima.
Es decir, con un solo dedazo han borrado todos los estudios técnicos que pretendían garantizar que todos los tiburones tuviesen al menos la posibilidad de reproducirse una vez antes de morir. Para dimensionar el alcance de esta “tolerancia”, imaginemos que si estuviésemos hablando de la edad mínima para conducir, la ley indicaría que se requiere haber cumplido los 18 años, pero como excepción y por mera tolerancia, los adolescentes de 13 años podrían conducir libremente por nuestras carreteras (eso representa un 30% de tolerancia). Menuda diferencia la que se les ha ocurrido, esto con el agravante de que los tiburones no están en capacidad de saber si ya tienen el tamaño necesario para morder el anzuelo y que muchos de ellos mueren enredados en la trampa antes de que lleguen a ser medidos por el barco captor.
Un día después, el 3 de marzo de 2015, Randall Arauz, presidente de la organización Pretoma denuncia la exportación de 239 kilogramos de aleta de tiburón martillo común y ante el desbarajuste que se produce en los medios masivos de comunicación, al día siguiente el Sistema Nacional de Áreas de Conservación (SINAC) —en un intento por arreglar la torta—, nos comunica que negará (a futuro) permisos para exportar aletas de tiburón a menos que cuenten con el Dictamen de Exportación no Perjudicial (DNP). Para colmo de males, se nos hace saber que en diciembre de 2014 también se exportaron 411 kilogramos de aleta de tiburón martillo.
Como defensa, el SINAC alega que los tiburones capturados que permitieron estas exportaciones eran producto de la pesca accidental, es decir, que andaban pescando atún pero en la colada se les vinieron un par de tiburones. Nuevamente para dimensionar el volumen del que estamos hablando, cada aleta de tiburón pesa entre 200 y 400 gramos y sin ser matemático, entiendo que se requiere un tremendo accidente para lograr recolectar casi media tonelada de aletas de tiburón.
No estoy yo por la labor de cuestionar el honorable trabajo que realizan nuestros pescadores, pero se me hace un tanto majadero seguir pescando tiburones porque existen otros países en el mundo que pagan sumas exorbitantes por sus afrodisiacas aletas. Igualmente existen muchos países que degustan ingerir sesos de mono y no veo a nadie en Costa Rica exportando cabezas de mono Tití.

Abraham Stern F.