Hablando Claro
Vivir en paz

Acabo de ir a San Carlos de Nicaragua y la zona limítrofe del norte de nuestro país. Ahí, en los recodos políticamente incómodos del hermoso cauce del San Juan y de los pacíficos lazos que unen a los pobladores de ambas nacionalidades, reconocí el lugar. Casi 30 años atrás, aquellas áreas eran parte del campo de batalla de Centroamérica. La conflagración nos pisaba los talones. Nosotros no estábamos en guerra. Pero vivíamos inundados de armas, de revolucionarios y de contras, de estrategias de odio y de poder que dejaban a su paso muerte, mutilación y mayor pauperización de la que ya campeaba. Miles de refugiados en enormes campamentos. Sin futuro digno, sin posibilidad de avizorar un agujero de ilusión. Yo hacía mis primeras armas reporteriles. No entendía casi nada. ¿Enfrentamientos de la guerra fría en nuestro suelo? ¿Una Centroamérica encendida e incendiada por ideologías, juegos de poder y de armas?
Recuerdo la primera vez que viajé en esas épocas a una Cumbre de Presidentes en El Salvador. El terror me tenía casi paralizada. No supe hasta entonces qué era un retén militar en acción. Nunca había visto muchachos con cara de niños empuñando armas. No había escuchado los retumbos de una bomba, las angustiosas sirenas de las ambulancias. Los apagones. No conocía hasta entonces un escenario de guerra. Tan cerca de San José, pero tan lejos de mi comprensión, mi primer viaje a El Salvador tanto como los muchos que tuve que hacer a la frontera norte de nuestro país a lo largo de varios años a buscar a los voceros de la revolución y luego a los de la contra, me implicaban un ejercicio de comprensión que estaba fuera de mi adn desmilitarizado.
Dice el expresidente Oscar Arias Sánchez que lo que sucedió en agosto de 1987, hace exactamente 25 años, fue que los cinco mandatarios antepusieron por sobre las enormes diferencias su “profundo sentido de responsabilidad histórica” para poder suscribir los acuerdos de paz que permitieron deponer las armas y acabar con la guerra en nuestra región. Dice también don Oscar (palabras más porque él lo escribe con exquisita pluma) que si esta fecha pasa inadvertida para millones de jóvenes centroamericanos eso no es un descuido sino un privilegio, porque significa que no han crecido escapando a los fragores de la confrontación bélica.
En el último tercio de mi existencia, habiendo transitado por los recodos del ejercicio del privilegiado oficio del periodismo, pero sobre todo como madre, abuela y ciudadana, creo que nos ha faltado un poco de desprendimiento para dimensionar y consecuentemente agradecer, el verdadero aporte del liderazgo indiscutible de Oscar Arias y su excelente, cualificado y comprometido equipo en el sueño inspirador que logró contra todos los pronósticos vencer a las potencias que privilegiaban la guerra y menospreciaban la paz en aquellos duros y difíciles años. Esa paz que aunque como toda obra humana resulte siempre en un proceso de construcción inacabada y plantee hoy nuevos desafíos por sus nuevas amenazas, nos permite asistir con ilusión al crecimiento y desarrollo de nuestros hijos y nietos sin cañones de por medio.

Vilma Ibarra


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