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Sábado 25 Octubre, 2014

Pienso ahora en los trenes que transitan por otras naciones, en el tiempo que hemos perdido… Cuando dejamos de avanzar, no solo nos retrasamos, sino que nos cuesta empezar a caminar de nuevo


Viajar en tren

“¡Ya lo vi mami, ahí viene!” dijo el niño saltando, mientras la pitoreta del tren anunciaba su arribo.
Era imposible no remembrar cómo, hace muchos años, mi madre me insistía en no sacar la cabeza por la ventana mientras recorríamos las vías rumbo hacia Orotina.


Un compromiso —fuera de agenda— en la provincia de Heredia, me llevó finalmente a meterme en una estación ferroviaria.
Llegué con la ilusión infantil de llenarme los ojos con la imagen del puente negro y cuantas cosas hubiera en el camino; sin embargo, una vez que puse un pie adentro (uno solo, porque el otro no cabía) me di cuenta de que viajaría tan “ensardinado” como en cualquier autobús metropolitano en hora pico.
La cobradora del vagón respectivo levantó la voz para pedir campo y cerrar la puerta.
Prácticamente hubo que arrancar a un muchacho de su asiento para que pudiera sentarse una mujer embarazada, y el único paisaje que pude apreciar fue la nuca y el entrecejo de otros pasajeros. Todo el viaje fue una constante lucha por mantener el equilibrio.
Era una de las modernísimas unidades de los 80, importadas desde España. Solo que sin aire acondicionado y con los letreros descompuestos (o al menos con símbolos de alguna lengua desconocida).
Salimos en punto, eso sí; y como en el viejo trabalenguas: “rápido corrían los carros del ferrocarril”, porque en poco tiempo ya habíamos llegado a nuestro destino.
Quizá habríamos llegado antes si los automóviles respetaran el derecho de vía, pero por fortuna no hubo choques, ni nos descarrilamos.
Bajarse no fue tan sencillo como esperaba, tren y plataforma quedaron un metrillo desalineados, pero se logró la faena.
Mientras me alejaba, llegué a la conclusión de que aún extraño los viajes en tren, pero los de mis días de niño; aquellos que eran con locomotoras eléctricas (no de diésel), en los que podía ir sentado y comiendo semillas de marañón.
Pienso ahora en los trenes que transitan por otras naciones, en el tiempo que hemos perdido y la gran lección —ojalá no sea vana— de que cuando dejamos de avanzar, no solo nos retrasamos, sino que nos cuesta empezar a caminar de nuevo.

Rafael León Hernández
Psicólogo