Deserción escolar; ¿falta de esperanza?

¿Cómo es posible que de cada diez niños que entran al primer grado solo dos terminan con un bachillerato, completando el décimo primer año de educación formal que se ofrece en Costa Rica?
Para un país que se enorgullece por su nivel cultural educativo, y que ha logrado su competitividad relativa a nivel global mucho a merced de tener una población formada y talentosa, estos datos parecen ser insólitos y contraproducentes.
Cuando he comentado esta situación con algunas amistades me han hablado de la llegada de tantos “inmigrantes”. Otros critican la calidad de los docentes, mientras que algunos pocos me dicen que el sistema educativo no tiene suficiente financiamiento para pagar bien a los educadores. Se habla de la necesidad económica de familias que obliga a sus hijos entrar a la fuerza laboral para “ayudar” antes que terminan sus estudios, la influencia de tanta televisión y el ambiente cultural familiar, el currículo, y de los criminales que rodean los centros educativos como otras de muchas explicaciones de la alta tasa de deserción.
Los científicos de Gallup han hecho estudios en varias naciones y han llegado a la conclusión de que los jóvenes desertan cuando no logran mentalmente proyectarse al futuro, cuando no tienen la “esperanza” de que con sus esfuerzos en sus estudios puedan lograr una mejor vida. No pueden visualizarse como adultos, funcionando en una ocupación o profesión que les permite lograr una semblanza de prosperidad. Según la Gallup, si un niño tiene esperanza, se esfuerza y estudia. Si no la tiene, no solo deja de estudiar, sino también pudiera perder interés en la vida misma. Usar drogas, mutilar el cuerpo, y en casos extremos, suicidarse, todos aparecen mano en mano con el abandono de las clases. La deserción es síntoma, más que causa, de una situación donde los niños carecen de ilusiones sobre sus futuros.
Se puede reformar el currículo, mejorar la capacidad de los docentes, construir escuelas, dar becas, y equipar laboratorios y bibliotecas, pero si los educandos no ostentan optimismo con sus vidas, seguirá el problema, uno que está afectando a muchos países incluso de los que se denominan de “primer mundo”.
Se necesita inyectar desde los primeros años de primaria información sobre carreras y oportunidades que estarían abiertos a estos niños “cuando terminan sus estudios”. Padres de familia, educadores, mentores, tienen que conversar con ellos de la vida que les espera si se esfuerzan. Suena fácil, pero si el niño vive en un hogar de pocos recursos, donde los adultos por fuerza se encuentran resignados a una vida con severas limitaciones de todo tipo, y se encuentra frente a docentes cínicos y resentidos, la esperanza tendrá que venir de un pastor o sacerdote o de otro tipo de mentor.
Se debe enfatizar que la falta de esperanza no es exclusiva de los hogares pobres; hay desertores a todos los niveles socioeconómicos. Sin embargo es entre los más necesitados donde más ocurre, dejando como impacto talentos opacados y oportunidades perdidas.

Carlos Denton
cdenton@cidgallup.com

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