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Sábado 28 Junio, 2014

Cuando dejemos de considerar el arte en cualquiera de sus expresiones como un pasatiempo para desocupados, entonces no habrá demasiados escritores


Demasiados escritores

Algún curso de escritura he llevado, un par de editoriales se habrán atrevido a publicarme y hasta hay quienes han osado darme algún reconocimiento; pero nada de eso me convierte en escritor.
Soy escritor porque escribo, no hay otro argumento más válido para ello. Es como decir que soy cantor porque me desgalillo en la ducha; bien o mal, no pueden negar que canto.
Cierto es que no tengo los estudios formales ni las horas de práctica para proclamarme profesional en música o letras, pero eso no me quita el derecho a expresarme de una forma u otra.
Mientras revisaba esa fuente de información inacabable —útil e inútil— que llamamos Internet, se anunciaba la presentación de un nuevo libro y en primera línea había un comentario de un lector que se quejaba de que hay demasiados escritores en este país.
No sé si hablaba en broma o en serio, pero en parte tiene razón. Cuando decimos que hay “demasiado” de algo, queremos decir que debería haber menos.
Para un país donde en promedio cada persona lee menos de dos libros al año, con un par de escritores nos bastan.
Tenemos demasiados huecos en las calles, accidentes de tránsito, asaltos, deudas, corruptos en el gobierno (uno solo ya es demasiado), y por ser muchos, deberíamos eliminar unos cuantos.
Pero eliminar escritores significa disuadirlos para que no escriban, para que no sueñen con publicar sus poemas, cuentos, novelas y hasta reflexiones.
Es como decirle a un joven que no estudie leyes o medicina porque no encontrará trabajo; o que no estudie música o teatro porque se morirá de hambre.
Es decirle al corazón que se atenga a lo rentable y necesario, porque los sueños, sueños son.
Hay demasiados escritores, es cierto, y muy pocos lectores. Hay demasiados museos porque, aunque son pocos, carecen de visitantes. Hay demasiado arte que se desperdicia como si de un grifo abierto se tratara y la solución —dicen— es cerrarlo.
Por no echarles perlas a los cerdos, optamos por matar a todas las ostras.
¿Y qué tal —se me ocurre— si más bien ayudamos a que los escritores pulan su talento? ¿Qué tal si dejamos de ser puercos o máquinas consumistas para redescubrir que el arte nos humaniza?
Cuando redescubramos que la vida se extiende más allá de una película taquillera, la final del campeonato de fútbol o un estatus fundado en un determinado tipo de pertenencias; es decir, cuando se llenen las galerías y los teatros, se desempolven las bibliotecas y dejemos de considerar el arte —en cualquiera de sus expresiones— como un pasatiempo para desocupados, entonces no habrá demasiados escritores.

Rafael León Hernández