Alvaro Madrigal

Alvaro Madrigal

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Jueves 11 Abril, 2013

¿Pensarían el Presidente de Argentina, Fernando de la Rúa, y su Ministro de Economía, Domingo Cavallo, liberal de pura cepa, que su artilugio financiero sería adaptado después al mundo del euro?


De cal y de arena

“Quitas” y “corralitos” made in CR

Hierve la Eurozona. El purgante recetado a Chipre por los blancos zahoríes que cautelan los mandamientos que norman la existencia del euro y que uno de los altos gurúes —en imprudente declaración— puso como ejemplo a seguir, hizo trepidar los ámbitos políticos de la Eurozona. Claro, eso de poner a los ahorrantes a aportar parte importante del costo del auxilio que brinda la Eurozona, provocó una estampida hacia el “w.c.”.
Y aunque fue desautorizada la impertinencia que puso como ejemplo “la quita”, nadie se atreve a descartar que la atención de futuras demandas de auxilio igualmente sea condicionada a la imposición de un gravamen sobre los depósitos en bancos y cajas de ahorro para asumir los costos locales del “generoso” desembolso.
Tal “quita” no ha llegado sola; está acompañada de un “corralito”, es decir, de la restricción a la libre disposición de dinero en efectivo de plazos fijos, cuentas corrientes y cajas de ahorro, todo con el fin de evitar la fuga de capitales. ¿Pensarían el Presidente de Argentina, Fernando de la Rúa, y su Ministro de Economía, Domingo Cavallo, liberal de pura cepa, que su artilugio financiero sería adaptado lustros después al mundo del euro?
Y no solo de la Rúa y Cavallo; también nuestros cimarrones políticos y gobernantes. Porque por Tiquicia también echó raíces y con fisonomía propia, eso que hoy se conoce como “quita” y “corralito”.
La Junta de Gobierno en 1948 estableció un impuesto directo sobre el capital. Una versión de la “quita” argentina y europea. En la crisis del periodo 78-86 se restringió el acceso a las divisas fuertes como parte de una estrategia para reconstituir las reservas internacionales y bloquear la fuga de capitales (solo había divisas al tipo oficial para importar unos pocos rubros, entre ellas las barbas de ballena), algo así como un “corralito”.
Luego vinieron otros incidentes con los que algún gurú habría visto el fin del mundo: la violenta devaluación del colón que significó una pérdida patrimonial, fatal para muchos; de los ¢8,65 x US$ reinante en los años 70 la cotización pasó a ¢36 x US$ al final del gobierno Carazo y a ¢45 x US$ en 1982.
Atrás vinieron las minidevaluaciones y más tarde las bandas. Hoy para comprar un dólar hay que pagar ¢500. Y más: la inflación ha sido de igual modo un trastazo al bolsillo y una zancadilla al nivel de vida.
Entre 1958 y 1968 el índice de inflación fue del 1,7%. De 1973 a 1975 pasó al 20,9%. Se dobló entre 1980 y 1982 (48,4%). Parte de aquella locura fue la caída en picada del empleo y la multiplicación de la pobreza.
¿Y qué? De todo como en botica: recetas keynesianas y recetas friedmanianas. “Quitas” y “corralitos” criollos, con unos problemas hoy y otros mañana, esencialmente gemelos lo que delata que el país no le ha entrado al fondo o que no ha acertado en su intento de resolver este segmento de problemas.
Seguimos como en la rueda de Chicago, un rato arriba y otro abajo. Como dice un estudioso amigo directo y ácido en sus juicios por las redes sociales: “seguimos sin salir del hueco”.
 

Álvaro Madrigal