Con la soga al cuello


El caso de la trocha nos ha mostrado una faceta avanzada de la corrupción, la cual está pasando de ser un hecho vergonzoso y criminal a una actitud cínica.
Cuando esto ocurre, se traspasa la línea más elemental de la convivencia social. Los hechos de corrupción que nos muestran los medios de comunicación en las últimas semanas nos desnudan una cruda realidad, por la forma abierta y descarada con que actúan los corruptos.
La experiencia internacional nos muestra que la corrupción está directamente relacionada a fallas institucionales del Estado. Algunos piensan que un Estado grande, como el que tenemos en Costa Rica, presenta más oportunidades de corrupción que uno pequeño. El problema central en realidad no está en el tamaño, basta visualizar estados grandes como los de Holanda, Finlandia, Noruega, Dinamarca, Canadá, Suecia… que tienen un alto gasto público en relación al PIB y una alta recaudación de impuestos, sin embargo, logran niveles de alta probidad. El tamaño puede extender el problema, pero no causarlo.
Los estudios internacionales han demostrado que un Estado profesionalizado, con una carrera basada en el mérito (el nuestro está basado en la antigüedad y en la politización), es una fuente de protección contra la corrupción.
Un Estado que tiene redes infinitas de normas y reglamentos, invita a las prácticas ilegales. Aquí se da una causalidad bidireccional, en que el actor público obstaculiza los trámites haciendo uso de la proliferación de normas y el actor privado acepta pagar para no enfrentar el alto costo y tiempo de espera por una resolución. Lo curioso es que cuando florece la corrupción, se recurre a crear más normas para atacarla.
Señala el experto en el tema Andrés Solimano que “el grado de competencia política y la alternancia en el poder son variables que pueden ser importantes para reducir o aumentar la corrupción”.
En este aspecto tenemos una situación complicada, por una parte hay desconfianza en cuanto a la competencia de los partidos que luchan por el poder y, por otra, no se han generado opciones claras para la alternancia del poder.
Otra evidencia nueva de carácter empírico muestra una correlación entre género y corrupción, es decir, las mujeres son menos corruptas que los hombres (Mocan, N. 2004). Esta es una buena noticia, siempre que las mujeres que actúan en política no sean contaminadas y caigan en la trampa.
A los cuatro poderes tradicionales que deben velar contra el abuso, la contraloría, los poderes legislativo y judicial y la prensa, ahora se agregan las redes sociales, las cuales empiezan a mostrar su propia fuerza.
La ética, altura y valentía con que actúen será clave para fumigar la corrupción, cuyos bichos le aparecen a uno cuando menos lo piensa. Siempre habrá corruptos, por lo que siempre pueden sorprendernos descuidados, lo importante es luchar sin descanso para que esta enfermedad social no se expanda y se transforme en algo cínicamente normal.

Arturo Jofré
arturojofre@gmail.com

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